El día que entendí que nadie compra por lógica (y cómo eso cambió mi forma de hacer marketing)
Hubo un momento muy claro en mi carrera en el que algo no terminaba de cerrar. Me había recibido de ingeniera en sistemas y, como suele pasar, la mayoría de las personas a mi alrededor estaban enfocadas en programar, optimizar código o resolver problemas técnicos muy concretos. A mí, en cambio, lo que más me atraía no era tanto la programación en sí, sino entender los procesos: cómo funcionaban los sistemas, dónde se trababan, por qué algo fallaba y qué pequeñas decisiones podían cambiar por completo el resultado. Siempre me interesó más la lógica del sistema que la herramienta.
Con el tiempo empecé a notar que esa misma curiosidad se estaba desplazando hacia otro lugar. Si me fascinaban los procesos tecnológicos, ¿por qué no iba a interesarme también el proceso más complejo de todos, que es cómo decidimos las personas? Sin darme cuenta, pasé de analizar flujos de datos a observar conversaciones, comportamientos y microgestos. De preguntarme cómo optimizar un software a preguntarme qué pasa en la cabeza de alguien justo antes de decir “sí” o “no”. Y así fue como una ingeniera terminó estudiando neuromarketing y neuroventas, casi como una consecuencia natural de esa obsesión por entender sistemas, solo que esta vez el sistema era humano.
Siempre fui muy observadora. De chica hablaba poco y miraba mucho, y esa tendencia se mantuvo con los años. En reuniones suelo escuchar más de lo que intervengo y, cuando trabajo con empresas, paso gran parte del tiempo detectando patrones: cómo dudan los clientes, cómo postergan decisiones, cómo racionalizan algo que en realidad ya definieron emocionalmente. Muchas veces alguien dice “lo voy a pensar”, pero lo que está expresando no es análisis, sino incertidumbre o miedo. Esos detalles, repetidos cientos de veces, me hicieron sospechar que la lógica no estaba ocupando el lugar que creíamos en la toma de decisiones.
Estudiar neurociencias fue, entonces, menos una moda y más una necesidad intelectual. Quería comprender con mayor rigor qué estaba pasando a nivel cognitivo y emocional cuando alguien elegía una marca, contrataba un servicio o descartaba una propuesta en segundos. La evidencia era bastante clara: el cerebro tiende a reducir la incertidumbre, evalúa riesgos de forma automática, prioriza la seguridad y la confianza, y gran parte del procesamiento ocurre de manera implícita, antes de que intervenga la deliberación consciente. En otras palabras, primero sentimos y después construimos una explicación que nos resulte coherente.
Ese hallazgo cambió por completo mi manera de entender el marketing. Durante años habíamos intentado convencer a las personas con argumentos, características técnicas y comparativas racionales, como si la decisión fuera una planilla de Excel. Pero estábamos dialogando con la parte equivocada del cerebro. Si la mayor parte de las elecciones se apoyan en atajos mentales, emociones y percepciones de riesgo, entonces el problema no era “comunicar mejor beneficios”, sino diseñar experiencias que generaran claridad, confianza y seguridad desde el primer contacto.
A partir de ahí dejé de pensar en campañas aisladas y empecé a trabajar en sistemas. Ya no me interesaba tanto lanzar una acción puntual, sino entender el recorrido completo de una persona: qué siente cuando llega, dónde se confunde, en qué momento desconfía y qué necesita para avanzar con tranquilidad. Cuando reducís fricción cognitiva, simplificás decisiones y alineás el mensaje con cómo realmente funciona el cerebro, la conversión deja de ser una presión externa y se vuelve una consecuencia más natural del proceso.
Con los años, trabajando con equipos y liderando proyectos, confirmé algo que hoy me parece evidente: el marketing rara vez falla por falta de herramientas. Las empresas tienen tecnología, plataformas, automatizaciones y datos de sobra. Lo que suele faltar es comprensión humana. Sin esa base, cualquier CRM o funnel termina siendo solo infraestructura costosa, porque nadie se detuvo a pensar qué está viviendo la persona del otro lado de la pantalla.
Hoy mi trabajo se mueve justamente en ese cruce. Integro neurociencias, comportamiento del consumidor, estrategia digital y diseño de procesos, pero con una intención muy concreta: ayudar a las marcas a entender personas antes que métricas. Me interesa construir negocios que funcionen, sí, pero que también respeten cómo decidimos realmente. Porque cuando hay comprensión genuina, ya no hace falta forzar la venta; alcanza con acompañar la decisión.
Si algo aprendí en este recorrido es que el marketing tradicional, basado en interrumpir y presionar, cada vez tiene menos sentido. Lo que funciona es la profundidad, no el volumen; la empatía, no el ruido. Y quizás, si llegaste hasta acá, es porque vos también intuís que el camino va más por ahí.